domingo, 12 de enero de 2014

Nuestro objetivo: una vida decente para la especie humana

En la próxima campaña electoral tendremos que hacer frente a un dilema del que mucha gente en Equo es muy consciente: ¿cómo le decimos a un país con seis millones de parados que no podemos volver a la senda del crecimiento económico que conocimos en los años noventa o en la década de 2000? Cuando somos testigos de los estragos que la destrucción de empleo está causando a tantas personas cuyos proyectos de vida se van al garete, ¿cómo explicamos que nuestro proyecto no pasa por crear puestos de trabajo sea como sea y sin importar el precio?

Tenemos una primera respuesta: el "Green New Deal". Cambiemos las prioridades de la política fiscal y presupuestaria en Europa - y como consecuencia, en España. Acabemos con las políticas de austeridad, pero no de cualquier manera: hagámoslo para poner todas las herramientas de política económica al servicio de la sostenibilidad ambiental y social.

Se trata de un objetivo muy ambicioso, que puede movilizar una gran cantidad de recursos. Pero no se trata de generar simplemente más actividad: hay que generar mejor actividad. Debemos crear un entorno propicio para las pequeñas y medianas empresas, en el que las iniciativas de economía social gocen de un gran protagonismo. Y debemos defender el trabajo decente, que es una de las piedras angulares de la sociedad europea en la que creemos. Para todo esto, el sistema financiero juega un papel crucial: tenemos que trabajar para reconvertirlo y ponerlo al servicio de un cambio de modelo productivo.

Sin embargo, hay que dar más pasos adelante. Una salida duradera de la crisis no se consigue únicamente con cambios en las políticas fiscales y presupuestarias. El cambio climático es una realidad y nos obligará, más temprano que tarde, a buscar soluciones mucho más tajantes... que tal vez debamos adoptar incluso antes para dar respuesta al agotamiento de las fuentes fósiles de energía.

Pero incluso si la tecnología nos facilitara soluciones prodigiosas a estas amenazas, ¿tendría sentido seguir con las cosas como están? ¿Tiene sentido una civilización basada en la mercantilización de todos los recursos naturales y en el acaparamiento indefinido de bienes y recursos? La senda que estamos siguiendo ¿nos lleva a unas sociedades inclusivas en las que todos sus miembros puedan vivir dignamente? ¿O, por el contrario, nos conduce a una mayor fragmentación, a un individualismo despiadado, a una polarización creciente?

La respuesta, claro está, es no. Debemos cambiar el curso de las cosas de manera radical; de nada serviría reducir al mínimo las emisiones de CO2 si la contrapartida fuera ampliar la brecha entre los que tienen y los que no. La sostenibilidad ambiental y la igualdad social deben ir de la mano: nuestro proyecto carece de sentido si ambas facetas se disocian.

Así que sí, debemos empezar a decirle a la gente que debemos cambiar. Que hay que cambiar las prioridades. Que hay que cambiar las bases de lo que entendemos por una vida buena. Que hay que cambiar la relación entre las y los individuos y la colectividad.

Iniciativas como la renta básica universal o la limitación a las ganancias son pasos en ese sentido. Se trata de iniciativas que rompen la lógica productivista y mercantilista, y que nos permiten atisbar un nuevo modelo social. En otro terreno, fomentar actividades como las cooperativas de consumo - ya sea de productos alimenticios, de energía o de servicios financieros - ayuda a generar dinámicas socioeconómicas alternativas, basadas en la cooperación y en la des-individualización. Poner en práctica políticas de reducción de residuos, de ahorro energético, de relocalización y sostenibilidad de la producción agraria y ganadera, significa comenzar a poner en cuestión el modelo de consumo de las sociedades opulentas.

Muy utópico todo, ¿verdad? Es posible. Si yo hubiera leído estas líneas en 2007, por ejemplo, tal vez habría pensado eso mismo. La economía creciendo, los ciclos descendentes del capitalismo desparecidos del mapa, la percepción generalizada de que las cosas iban mucho mejor que nunca para muchísima gente en el mundo, incluyendo amplias capas de las poblaciones de los países emergentes... Y un optimismo tecnológico que nos hacía ver posibles soluciones técnicas a los retos del cambio climático y del "peak oil". Siete años después, el velo que cubría nuestros ojos se ha caído y todas las mentiras del pensamiento dominante están ahí, a la vista. ¿Qué crédito dar a los dirigentes, a los sabios y a los expertos que no supieron ver lo que teníamos delante de las narices, y que aún hoy siguen dándonos recetas que sólo valen para profundizar el desastre, descalificando cualquier alternativa tachándola de descabellada o irrealizable?

Sí, utopía. ¡Bendita utopía!